Archivo de la etiqueta: maternidad

Nana de mi vida

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Marbella tejía constantes historias de la infancia y la adolescencia de mi papá y sus hermanos. Llegó tan chiquitica a casa de mis abuelos que aún estaba en la barriga de su mamá. Se quedó con la misión de acompañar a los 5 hermanos en su crecimiento y darle una mano a mi abuela con los guisos y los quereres.

Mi papá le tenía miedo a la oscuridad y Marbella le prestaba un pedacito de su cama para calmar sus angustias. Así lo hizo por años. Incluso, lo descubrí un par de veces contándole mis historias y las de mi hermano, con la misma complicidad infantil de cuando pedía cobijo, buscando en su sabiduría orientación y calma.

En cada diciembre, nacimiento, bautizo y graduación, estaba Marbella, armando el rompecabezas familiar con anécdotas puras, con la rigurosidad de una memoria intacta y con la pasión de una nana enamorada de la familia elegida. Marbella, la nana eterna, quiso continuar su saga acunando historias renovadas, la de mis hijos, los de mi hermano, de mis primos y vecinos. Así siguió consintiendo barrigas, preparando atoles y contando historias, las de otros que ya eran suyas

Las nanas completan nuestras vidas. Marbella lo hizo hasta que la muerte le borró para siempre esa memoria de la que nos aferrábanos y descansó rodeada de todos esos hijos que no tuvo, pero que encontró en el camino para armar leyendas, recetas, sonrisas y familia, esa que hoy debe replicar los relatos que ella escudriñó en el tiempo para darle eternidad a su alma de cuentacuentos.

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Emociones y pataletas, juego de niños

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Emociones y pataletas, juego de niños

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Salir a comprar zapatos con la abuela parecía un plan divertido para el fin de semana.

Para Daniela fue una oportunidad para retar la paciencia y la tolerancia. Probarse muchos zapatos y no decidir por ninguno fue el juego en esta ocasión: me molestan, me quedan grandes, los quiero de otro color, me gustaría brillantes… Yo respiraba profundo, mientras mi mamá repetía: a ustedes les elegía los zapatos, se los ponían y ya. Con una sonrisa nerviosa le explicaba que eso sería lo más fácil Pero que no quería obligarla sino dejarla elegir. Ya en una oportunidad le había comprado unas sandalias que un día simplemente no quiso usar más porque le molestaban.  Tentada a usar la técnica autoritaria, agotada por la conciliación, se me fue el tiempo filosofando entre la practicidad de la crianza tradicional y la conciliatoria, y horas después me vi en mi casa agotada y sin zapatos para Daniela.

 

Emociones y pataletas: ¿quién gana?

 

No hay soluciones perfectas. Tampoco madres, ni abuelas, ni niños. Todos hacemos lo mejor que podemos.  Si bien la conciliación es importante en la crianza respetuosa orientar las emociones de los niños y aterrizarlas a la realidad,  lo es aún más. En oportunidades ni nosotros sabemos lo que queremos, lo que nos pasa, o la emoción que nos embarga, lo mismo pasa con los niños. Nada personal. Nada en contra de mamá o abuela.

Quizá los zapatos perfectos aparecen otro día, cuando definamos límites antes de salir de casa, cuando acordemos que hay un tiempo para decidir, y que si ella no puede hacerlo, entonces alguien más tendrá que hacerlo por ella. Lo cierto es que la lógica de una compra rápida de unos zapatos para niña, se convirtió en un carrusel de emociones, de mi mamá pensando que me dejaba dominar por una niña de 5, de mi cuestionamiento interno (¿hasta dónde debo dejarla decidir o hacerlo por ella cuando veo que no puede tomar una decisión?) y de Daniela, que al final solo pedía comerse el helado que le habíamos prometido.

Una vida… Una agenda.

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La gran máxima de una gran amiga, alta ejecutiva y mamá de dos, es que debe haber una agenda única. Trabajo, familia y vida personal se debe retratar en un solo espacio. Tiene sentido, nuestras múltiples facetas dependen de un reloj y para que se salven deben tener un espacio sagrado. En el mismo calendario donde pautamos reuniones, deben estar los actos escolares y el cine con la pareja. Pues desde hoy escribir, tiene un lugar en mi día. Defender el espacio para hacer lo que nos gusta es el mejor homenaje que podemos hacernos, es nuestro espacio privado, de disfrute, de encuentro, de placer.

Un gran amigo terapeuta me decía que la única manera de ser un buen padre, es invertir en ser una gran persona, y eso pasa por dedicarnos el tiempo necesario, o mejor, el disponible, para dibujar la rutina diaria, con un color propio, no el de los hijos, no el del trabajo ni de la pareja, uno que escojamos y defendamos todos los días.
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