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Migrar en cámara lenta

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Migrar en cámara lenta

Migrar en cámara lenta: este el post que nunca quise escribir.

Recuerdo hace más de 3 años cuando sentada en la barra de mi cocina junto con mi esposo y una copa de vino le decía que sentía que había ido de Venezuela sin haberlo hecho.

El país donde vivía ya era ajeno, no lo reconocía, no era el mismo de mi infancia, de mis fotos, de mis recuerdos. Esa emoción se instaló como una herida a la que no quería mirar para no ver que lejos de curarse, iba creciendo.

Espacios en blanco

Recién, mi hermano y toda la familia habían partido a Colombia, días antes habíamos despedido a grandes amigos, y así en cada adiós, cada vez más frecuentes, cuestionaba nuestra decisión de quedarnos. Y ahí en la misma barra, el mismo llanto, la misma tristeza una y otra vez.

Ya en los dibujos de mis hijos desaparecían sus compañeros de juegos, sus primos, sus amigos, Diego, Valentina, Fabio, cada uno rehaciendo vidas en otras latitudes desaparecieron de su cotidianidad.

No pude escribir sobre estos espacios en blanco en su momento, como hoy me cuesta recordarlo.

Fue una migración en cámara lenta. La mental y la física.  Con cada despedida de iba un pedacito de identidad.

 

Un país, un espejismo

Nunca quise irme, hasta que vivir en un espejismo fue evidente y el instinto de protección familiar presionó la toma de decisiones.

La migración lleva a romper lazos que sabía que iba a tardar mucho en volver a reponer: el día a día con mi mamá, Coro, mi casa, carrera profesional, tradición, fotos, papelitos con historias… Se trataba de salvar el día a día, sobrevivir sin mayores pretensiones.

Una migración en cámara lenta. Un duelo silencioso y oculto en la normalidad. Dicen que es el duelo más grande. No lo sé. Hasta ahora la nombro y la escribo, entonces apenas existe.

Mientras tanto aquí estamos, reconstruyendo identidades, aún en cámara lenta.

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Nana de mi vida

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Marbella tejía constantes historias de la infancia y la adolescencia de mi papá y sus hermanos. Llegó tan chiquitica a casa de mis abuelos que aún estaba en la barriga de su mamá. Se quedó con la misión de acompañar a los 5 hermanos en su crecimiento y darle una mano a mi abuela con los guisos y los quereres.

Mi papá le tenía miedo a la oscuridad y Marbella le prestaba un pedacito de su cama para calmar sus angustias. Así lo hizo por años. Incluso, lo descubrí un par de veces contándole mis historias y las de mi hermano, con la misma complicidad infantil de cuando pedía cobijo, buscando en su sabiduría orientación y calma.

En cada diciembre, nacimiento, bautizo y graduación, estaba Marbella, armando el rompecabezas familiar con anécdotas puras, con la rigurosidad de una memoria intacta y con la pasión de una nana enamorada de la familia elegida. Marbella, la nana eterna, quiso continuar su saga acunando historias renovadas, la de mis hijos, los de mi hermano, de mis primos y vecinos. Así siguió consintiendo barrigas, preparando atoles y contando historias, las de otros que ya eran suyas

Las nanas completan nuestras vidas. Marbella lo hizo hasta que la muerte le borró para siempre esa memoria de la que nos aferrábanos y descansó rodeada de todos esos hijos que no tuvo, pero que encontró en el camino para armar leyendas, recetas, sonrisas y familia, esa que hoy debe replicar los relatos que ella escudriñó en el tiempo para darle eternidad a su alma de cuentacuentos.

Una vida… Una agenda.

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La gran máxima de una gran amiga, alta ejecutiva y mamá de dos, es que debe haber una agenda única. Trabajo, familia y vida personal se debe retratar en un solo espacio. Tiene sentido, nuestras múltiples facetas dependen de un reloj y para que se salven deben tener un espacio sagrado. En el mismo calendario donde pautamos reuniones, deben estar los actos escolares y el cine con la pareja. Pues desde hoy escribir, tiene un lugar en mi día. Defender el espacio para hacer lo que nos gusta es el mejor homenaje que podemos hacernos, es nuestro espacio privado, de disfrute, de encuentro, de placer.

Un gran amigo terapeuta me decía que la única manera de ser un buen padre, es invertir en ser una gran persona, y eso pasa por dedicarnos el tiempo necesario, o mejor, el disponible, para dibujar la rutina diaria, con un color propio, no el de los hijos, no el del trabajo ni de la pareja, uno que escojamos y defendamos todos los días.
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