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Equilibrio

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No es una noticia nueva que la llegada del bebé supone un desajuste en el sistema de vida al que uno ha estado acostumbrado siempre, lograr el equilibrio perdido es todo un proceso, en el que actualmente estoy transitando. Acostumbrada a trabajar al 100% o entregada a ser esposa en la misma intensidad, ahora no sé cómo ajustar todos estos roles a mi vida cotidiana.

Comencé a trabajar en a media máquina (medios días y otros desde de mi casa) hace un par de semanas. Al principio me sentía un poco extraña estando en la oficina mientras Santiago estaba en la casa, me hacía falta por supuesto, pero sobretodo no podía concentrarme. Esta semana tuve que trabajar dos días tiempo completo, entonces le daba el tetero en la mañana, jugaba con él, venía a almorzar y hacía lo mismo, pero ambos días cuando llegué ya de noche, junto con Gerardo, lo encontraba llorando desconsolado, no era por hambre, ni sueño, ni fastidio…Me extrañaba. Por supuesto, mi llanto entró en esa escena en ambas oportunidades, había sentimiento de culpa, como no, pero sobretodo una impotencia inmensa ¿Qué hacer? ¿Cómo solucionarlo? Tal situación provoca un corto circuito en mi cerebro, porque no sé cómo trabajar a medias, ni cómo ser esposa a medias, ni mucho menos cómo ser mamá a medias, pero sé que eso es lo que hacen todos los padres, porque no se vive para entregarse a una sola cosa, por lo menos no cuando se quiere formar una familia. Supongo que de eso se trata el proceso de adaptación, de ir acomodando cada pieza hasta que todo quede en su lugar, el lugar que queramos darle. Ese es el punto: “el lugar que queramos darle”. Para mi, trabajar es reparador, y por mi salud mental, no creo que pueda dejar de hacerlo, pero también considero que la maternidad requiere calidad de tiempo y dedicación, ni hablar del rol de esposa, pilar fundamental para que todo este complejo funcione sin ruidos, ya que la relación con el bebé no puede ser buena cuando entre los padres no existe una relación fluída.

Saber organizarse es fundamental, horarios establecidos, planes para el trabajo, para la familia y la pareja, y sobretodo la conciencia de que ya no podemos andar por la vida con entrega exclusiva al trabajo, a las compras, al cine y sin mirar el reloj, como cuando no teníamos quien nos reclamara en casa para abrazarnos y jugar con nosotros para poder irse a la cama tranquilo.

Como lo hablaba con una amiga, es toda una carrera de obstáculos que se van superando, unos cuestan más que otros, pero viendo la experiencia de otros, el alivio es que siempre de logra sortearlos, aun con escenas muy emotivas como la que les conté en las que uno cree quedarse y no poder salir nunca. Creo que con esa emoción escribo hoy, muy temprano, luego de una largaa noche, en la que Santiago se despertó llorando y que solo se quedó dormido sobre mi pecho. Él reclama ese mismo equilibro que nosotros buscamos reestrablecer.

Antes muerta que en piyama

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img_2157.JPGCuando estaba embaraza recuerdo que en la lista de compras recomendada por el curso prenatal, amigas, mamás, abuelas, estaban  las batas maternas, los sostenes para amamantar y unas pantuflas.

Los sostenes de amamantar los compré a regañadientes mientras paseaba por el centro de Caracas, todos eran feos, pero ni modo, los necesitaría. Me resistía a las pantuflas, porque nunca había usado, así que recorrí muchas tiendas para encontrar unos zapatos cómodos que hicieran las veces de pantuflas, y bueno, mi mamá me regaló una pantuflas coloridas “porsiacaso”. Pero lo de las batas, eso sí que era antisexy.  Había una batas que tenían un hueco en los senos, la mayoría hechas en telas colores pasteles con diseños de abuela, bordados y encajitos. Al final, contra todas las recomendaciones que indicaban que era mejor comprar batas que piyamas de pantalón, decidí por estas últimas. Es que no me imaginaba en bata, sobretodo cuando pensaba que esa iba a ser la ropa que iba a usar la mayor parte del tiempo mientras estuviera en casa, o sea, por lo menos 3 meses. Total que negocié conmigo misma usar la ropa de dormir exclusivamente para eso, para dormir, mientras que durante el día escogería ropa de casa que me obligara a usar sostén y zapatos, así como si todas las mañanas tuviera que  vestirme para ir a trabajar, era un punto de honor comenzar el día y ponerme ropa con la que estaría durante todo el día “trabajando” en casa.

En la realidad, cumplí con mi promesa de usar ropa variada durante el día (la ropa hindue es perfecta para este fin) y el ajuar materno para la noche. Los sostenes (dos, uno blanco y uno beige) fueron insuficientes, así que fue duro la faena de lavado y secado mientras me quitaba uno para ponerme el otro.

Con respecto a las pantuflas, con ellas sí se cumplió la tradición. Los pies estaban tan hinchados (y estuvieron así por muchas semanas en las que no me servían mis zapatos 37, sino los 39 o 40) que los zapaticos fashion, por más que intenté ponérmelos, no hubo manera de usarlos, así que menos mal que mi mamá, madre y sabia al fin, había pensado en todo, y tenía preparadas las pantuflas, tan mullidas y cómodas que agradecí su existencia.

Al final, como escuché en estos días en Discovery Health, lo importante es que uno lleve la maternidad con su propio estilo, ya sea la manera como uno elija vivirla, con bata, con pantuflas, con baby doll o con tacones. Todas las variables son válidas siempre y cuando nos sintamos cómodas con ellas.

Atunaquetunatuna

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Cuando aun no somos madres nos preguntamos si seremos capaces de cantar una canción de cuna, “hacer voces divertidas” (como dice una gran amiga), desvivirse en cariñitos y mimos para el bebé. La respuesta es: apaguen el cerebro sobre ese y otros temas relacionados con el bebé, que solo se aprenden (no es un instinto) al tiempo que tenemos el bebé con nosotros.

Yo no era (ni soy) precisamente el ser más maternal del mundo, más bien me considero algo fría, incluso con los niños, y solo se activó ese “instinto materno” cuando nació mi sobrina, y no es que lo supe mientras estaba en la barriga, no, me di cuenta cuando apenas la vi recién salida de la panza con sus ojitos abiertos, y empecé a llorar sin parar. Y me dije: “epa, qué me pasa”, pues me pasó y me siguió pasando con ella cada vez que la visitaba, de hecho lloraba cada vez que tenía que regresar a Caracas.

Con Santiago esas “voces” no surgieron desde el primer día, ni contar durante mis días de depresión, cuando ni siquiera era capaz de hablarle. Pero un día me descubrí hablando con él, contándole lo mucho que lo quería, cantando canciones de Fito (confieso que no me sé muchas de cuna), haciendo muecas para hacerlo reír o botando algunas lágrimas porque no podía calmarlo de su malestar típico de las primeras vacunas. Y sé que cuanto más que amañe con él se acumularán más historias de “atunaquetunatuna”, y sé que sino han tenido hijos, ahora les estará costando imaginarse en estas lides; no lo hagan, no se torturen “futurizando” cosas que las sorprenderán solo cuando les toque.

No saben cuantas veces me obsesionaba pensando cómo reaccionaría cuando estuviera aprendiendo a caminar (y a mi me doliera la espalda), cuando tuviera 5 años (y se cayera de la bici), cuando ya estuviera en sus años de adolescencia (y no me quisiera ni ver)… Por mi sanidad mental trato de no hacerlo, porque para ese momento se verá, cuando ya la experiencia me de las herramientas para enfrentarlo, ahora no tengo ni un destonillador. 

Cómo no angustiarse cuando uno especula con cosas antes de tiempo, si es como que a un bebé recién nacido le ofrezcan su primer trabajo como gerente de una empresa, cuando apenas sabe llorar para pedir su comida. Lo mismo se aplica a los padres recién nacidos o los que solo planean serlo. 

El instinto materno

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Creo que ser mamá no es una cuestión de un instinto con el que se nace. No en mi caso. Amar a un hijo es un proceso que se va articulando en la medida que pasa el tiempo, los padres crecemos junto con el bebé.

Durante los primeros días ese bebé es el culpable de muchas cosas: de que uno no sepa cuando es de día o de noche, de no poder salir de casa durante muchas semanas, de no contar con el tiempo (y es que ya no nos pertenece) de cosas tan simples como bañarse o comer cuando uno quiera ¿El instinto materno hace que uno acepte sonriente todo ese cambio radical de vida?, no lo creo. Sino todo sería muy fácil. Para los padres, a regañadientes, el bebé dicta la pauta, y es luego de semanas o meses que uno la incorpora a su rutina y la acepta como algo propio, y además uno empieza a disfrutarlo porque está aderezado con balcuceos y sonrisas.

En lo que sí creo que existen mujeres más dadas a la maternidad que otras, lo cual avala lo que pienso: no todas las mujeres nacieron para ser madres, por ende no hay un instinto materno con el que nos sellan la vida a todas las mujeres.

Por eso creer en esas fantasías del colectivo (se llame “instinto materno” o “todos los hombres son iguales” o “no te cases que el matrimonio daña la relación”), que no nos advierten que todos los cambios en la vida de una persona son difíciles de asumir, solo nos trae frustraciones y malos ratos. No somos perfectos y solo metiendo la pata, a veces hasta el fondo y quizá no una vez sino dos, aprendemos.

Así que a relajarse. Ser madre es un asunto emotivo 100%, no es un trabajo de oficina (no habría sueldo justo que lo pagara), por lo que, como me dice mi terapeuta, “no gastes el tiempo en el trabajo intelectual y ponle freno a la pensadera que de nada te servirá sino para mortificarte”.

Ser padres es una faena de superación y esfuerzo diario que no tiene fin, y requiere de mucha contención interna, con esto quiero decir que nuestras necesidades pasan a un segundo plano, y que hay que aguantarse para expresarlas, llorarlas o sentirlas, si coincide con unas lágrimas esta vez tenemos que calmar nosotros. Significa que nos va a tocar que dejar el libro o la televisión para atenderlo, decir que no a invitaciones improvisadas de amigos o simplemente olvidar los momentos de ocio que caracterizaban nuestras vidas. La vida ahora es otra, ha dado un giro de 180°, por lo que tenemos que darnos todo el tiempo necesario para asumirlo (“ya no eres una adolescente o universitaria cuando no tenías obligaciones con nadie”, diría mi sico). No es fácil, por favor, entiéndanse, no se exijan más de lo que puede dar. Lleva su tiempo cultivar el instinto materno, no es una nueva oficina, o un traslado a otra ciudad, un ascenso, o cambio de rama laboral, así que asumamos (las primerizas) que no sabemos nada de cómo ser mamá, y tratémonos bien, halaguemos nuestros pequeños logros y celebremos que tenemos toda la disposición de aprender junto con el bebé. La vida nos cambió, pero no nos desenfoquemos en llorarlo, porque es un buen cambio, solo que como todo lo nuevo, es muy lento el proceso de aprender a disfrutarlo. Con calma, un día a la vez. Habrá días buenos y otros no tanto, y todos son superables.

El eufemismo: un hijo te cambia la vida

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Mi cuñada me cuenta que le daba una rabia cada vez que alguien le comentaba cuando estaba embarazada: “aprovecha ahora, que un hijo te cambia la vida por completo..”. Apenas nació mi sobrina no tuvo otra que darle la razón a todas las doñas que le lanzaban esa verdad del tamaño de una catedral. Los primeros días, cuando uno aun está en la clínica, todo es una fiesta, uno está en un lugar protegido por sabias enfermeras y experimentados médicos que atienden a la familia constanmente. Al llegar a casa, la novedad sigue disfrazando con emoción toda la responsabilidad que implica un bebé recién nacido, todas las actividades, incluso los trasnochos, el baño, el llanto… Todo es como a uno se lo han contado. Es cuando todo baja a lo terrenal y resulta ser la rutina que asumirás por bastantes días cuando esa amenaza (“… Te cambia la vida”) retumba en la cabeza hasta que concluyes, “no vale, eso es exageración, ¿que te cambia la vida?, no vale es solo un eufemismo, porque bastaría agregar que, el cambio, no es por unos días, es para siempre.

Volver al nido… Tener un nido

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Luego de vivir 16 años en Caracas, a donde me fuí prestada a estudiar y a vivir mundo, regresé a Barquisimeto en temporada de ciruelas de huesito. Antes de que viera nuevamente la frutilla en una segunda vuelta, ya había renunciado a ejercer mi profesión, iniciado una empresa familiar, me había casado y mudado a una casa con jardín. Meses más tarde llegó el embarazo, con sorpresa no por su aparición, sino por su rapidez en consumarse, retando tantos pronósticos de fecundación tardía llamados ovarios poliquísticos, hiperinsulinemia y tantos otros nombres; allí estaba, a menos de tres meses de abandonar la píldora, llegó la pieza que completaría el nido… Misteriosamente, en el carro en tránsito mientras mi esposo manejaba durante una hora pico de Barquisimeto a Cabudare, abrí el sobre del laboratorio que en letras pequeñísimas indicaba un POSITIVO que ejecutaría esa sentencia masiva que amenaza con que “un hijo te cambia la vida”, no es exageración la frase, luego lo descubriríamos…