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Hijo, disculpa lo malo…

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Celebrando un afortunado encuentro con una gran amiga, en una de esas escasísimas escapadas sin niños, nos sentamos a almorzar felices de compartir lo que vivir en ciudades distintas nos arrebata: una conversación cara a cara, con la complicidad y alegría propia de quien no importa cuántos años tengas sin ver, bastan 5 minutos para ponerse al día y reconocernos en guiños y crónicas pasadas. Riéndonos de nuestros antiguos temas de conversación propios de la vida loca universitaria, dejamos a los niños en la casa, pero no se ausentaron de los relatos como nuestra realidad y continuo reto diario. Mi amiga, con una sensibilidad y paciencia admirable, cultivada con la maternidad de dos chiquitos, me decía: “¿Qué es eso de la calidad de tiempo con los hijos? ¿Mito o realidad? Si hay días tan malos que cuando llegas a casa no puedes ni contigo mismo, como también hay días en las que a pesar de haber tenido muchísimo trabajo, tienes el ánimo y la energía para sentarte a pintar con ellos y jugar un rato en la hora del baño. La calidad de tiempo no es un botón, se mueve con nuestro ritmo”.

Aunque hay mucho de cierto en el guión de la película The Matrix, aun no tenemos programas que podamos incorporar a nuestras vidas dependiendo de la circunstancias y nuestras necesidades, no somos mamás de manual (¡Afortunadamente!) y esa situación no podía ser mejor ejemplo de ello. Compartimos crónicas de angustias y experiencias sobre la dificultad de salirle al paso a los gritos, el llanto, las pataletas, la resistencia a dormirse temprano, en esos días no tan buenos en los que ese deber de dar “calidad de tiempo” martillaba nuestra conciencia. De inmediato, me contaba entre orgullosa y sorprendida, un episodio en el que su hijo había perdido un aparato electrónico, y que tanto ella como su esposo, pudieron manejar la situación sin regaños escandalosos, se valieron de una conversación mirando a los ojos de su hijo avergonzado y triste por haber perdido su juguete favorito, haciéndole entender que a cualquiera le pasa, que era importante estar pendiente de sus juguetes y mostrando empatía por su pérdida aun cuando le aclararon que no podían reponer lo perdido. Entonces descubrió esa calidad de tiempo que creía perdida.  Esa misma que ambas encontramos en ese afortunado almuerzo. Un cable a tierra, casualidad, un par de horas, encuentro y el rescate de ese espacio vital en el que somos personas, individuos, mujeres que se recargan para poder seguir dando constantemente a nuestros hijos como una caja de luz en la que el aviso de “turno” pareciera no apagarse nunca. Con esa vulnerabilidad propia de los de carne y hueso, sorteando ánimos, humores, sueños, lágrimas y errores para ser ese papá posible, protagonista de las nuevas ediciones de la paternidad emocional, único enfoque de este complejo rol, no tan rosa como lo pintan.

Aceptémonos aun en esos días malos, hablemos de ello, prendamos los reflectores sobre los miedos, inseguridades, indecisiones; no somos los únicos. Amemos a nuestros hijos celebrando nuestros errores afortunados, única lección de vida para fortalecerlos como personas, para darle forma real a nuestra familia y para reconocernos como seres humanos en constante reajuste. Nadie repara lo que no identifica como falla. Y nunca olvidemos esos espacios en los que nos escapamos de lo cotidiano para conectarnos con esa individualidad que nos fortalece como padres, como pareja, como familia. Eso sí, hacemos lo que mejor podemos, y si toca en algún momento decir algo, diremos: “Hijo, disculpa lo malo, soy humano”.

Educar desde el ombligo

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La paternidad se convierte en una carrera por encontrar ese trofeo catalogado “el mejor”. Queremos el mejor colegio, la mejor nana, la mejor rutina deportiva, la mejor alimentación. Es esta carrera de competitividad y angustias, en principio ese “mejor” se nos va de las manos para quedarse en los libros de ficción, y al final, lo fundamental termina estando cerquita. Está en tu ombligo, en el de tu pareja, y en una cadena de ombligos de sangre y de elección. Está en ese saludo que das o que te guardas, en ir a visitar a un amigo con las manos llenas o vacías, en guardarte una crítica si ves que no aporta mucho a la persona que te escucha. Nada más y nada menos que el ejemplo.

Aunque el entorno sí contribuye a la formación de nuestros hijos, en quien más debemos invertir es en nosotros mismos, quienes llevamos a cuestas esa inmensa responsabilidad de guiar a otros por un buen camino. Y 8 horas no son suficientes, ser padres lleva 24. Los hijos se convierten en detectives de cada uno de nuestros movimientos, y van incorporando en su disco duro la manera como nos ven relacionándonos con los otros y así lo repiten.

Lo dice con sentido común Jorge Bucay en el editorial de la revista Mente Sana Nº 70: “Tratamos a los otros con el mismo rencor o con la misma indiferencia con la que nos han tratado… También somos capaces de comprender y tratar a otros -para bien y para mal- de la misma manera en que hemos visto a nuestros padres, maestros y hermanos tratar y comprender la situación de los demás”.

¿Es de ponerse a llorar si nuestros ancestros no se llevaban la medalla de buena conducta? Para nada. A cierta edad ya no estamos en posición de culpar a otros por nuestras miserias, y si bien no podemos modificar nuestro histórico, sí podemos retocarnos a nosotros mismos. Vamos a aprender con la misma ilusión con la que entramos a la universidad. Nos toca estudiar, comprender y aplicar estando conscientes de lo mucho que podemos errar y también de la oportunidad que tendremos de enmendar y acertar. Podemos nutrirnos,  tanto escuchando a los maestros de nuestros hijos como una conversación de padres, en nuestras sesiones de terapia personal o viendo una buena película. Como buenos estudiantes, debemos estar atentos a cada mensaje cotidiano, con humildad, y también con mucha pasión.

Leyendo la descripción de Bucay sobre el camino de la paternidad, es fácil emocionarse y al mismo tiempo sentirse seriamente comprometido: “Criar y educar a un hijo o una hija es ponerse en función de ellos, tanto para satisfacer un deseo posible como para frustrar una pretensión inconveniente o peligrosa, tanto para acompañar como para dejarlos avanzar solos en su beneficio, tratando de hacerlos sentirse amados, valiosos, capaces, únicos y maravillosos. Formarlo implica, pues, especial pero no únicamente, ayudarlo a que incorpore una escala de valores que le permita ser una persona íntegra más que un vecino exitoso, alguien capaz de sembrar y cosechar amor de los demás, un ser que sea capaz de compartir lo que tiene sin dudarlo y de recibir lo que los otros le dan sin culpa”.

En un ombligo, la vida…