Archivo de la categoría: Depresión Postparto: la historia no contada

5 meses

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Ya Santiago tiene 5 meses, en un mes comienza a comer sólidos, a sentarse y otros avances significativos para la mitad de su primer año. No puedo decir que ha pasado rápido, solo que ha pasado y con él han quedado atrás muchas experiencias complejas, miedos y conflictos de principiante. Este fin de semana salimos por primera vez en familia (papá, mamá y bebé), a falta de parque, para un centro comercial, y nos desenvolvimos bastante bien. Paseamos, compramos, almorzamos, alimentamos a Samtiago, le cambiamos el pañal en el carro, todo esto mientras pensaba que todo es cuestión de costumbre, de ir superando cada día con el entusiasmo de quien aprende, de celebrar los pequeños logros y luego disfrutar la tranquilidad de un día cualquiera, ahora con un bebé como parte de la familia. Estos 5 meses han sido significativos, me siento más confiada, con mejor humor, más ánimos e incluso he ido retomando el trabajo como parte del proceso para recuperar el equilibrio. En eso ando, y les seguiré contando.

Vulnerable

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Una de las sensaciones que más recuerdo de mi depresión, fue la sensación de soledad inmensa y de sentirme tan vulnerable que no tenía energías ni para hablar, o tomar decisiones tan simples como qué cocinar para almuerzo.

Recuerdo que no hablaba. Pasaban los días y yo me mantenía tan débil, tan minimizada, era como si de repente yo me conviertiera en un bebé recién nacido, quizá era la forma de comunicarme que así se sentía mi bebé y que yo tenía que protegerlo. Lo más difícil era que apenas podía sostenerme en pie y cuidarme a mi misma, me fallaban las piernas, comía por obligación y, por más que intentaba, no podía dormir. En un mes y medio bajé 14 kilos y descubrí que me había quedado estrías en la barriga como al tercer mes; ni me miraba al espejo. Las energías se iban y no podía recuperarlas.

Una de la escenas que más recuerdo era la que se repetía todas las madrugaba, cuando me levantaba a amamantar al bebé en el medio de la oscuridad. Me sentía tan terriblemente sola, que solo pude remediarlo medianamente, cuando decidí amamantar al bebé en la cama, entonces pedía a mi esposo que me abrazara, que me tomara la mano, me calmaba sentirlo cerca, supongo que porque me daba la sensación de seguridad y protección que tanto necesitaba.

Ahí estaba, tan acostumbrada a manejar mi vida con la frialdad de quien todo lo sabe, ahora me mostraba como un ser indefenso, débil, que daba lo que fuera por un abrazo, que de tanto miedo no podía emitir sonido, que lloraba todos los días por no poder encontrar esa fortaleza que tanto necesitaba.

Un asunto de sensibilidad

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Me contaba una amiga que vive en Inglaterra que allá es un issue el asunto de la depresión postparto, tanto que le hacen seguimiento a la mamá desde la clínica, y si apenas presienten algunos síntomas de depresión, les avisan a unas especies de trabajadoras sociales, quienes las visitan regularmente a su casa y les ofrecen apoyo afectivo y terapéutico. Gracias a Dios yo tuve un apoyo familiar incondicional, pero lamenté el caso que tantas personas no lo tuvieran y se vieran expuestas a tal enfermedad sin orientación alguna.

La historia extranjera me pareció tan profundamente humana, que no pude evitar recordar, cuando fuí a visitar el segundo terapeuta al que consulté en uno de mis peores momentos de crisis, quien solo se limitó a tomar mis datos, a hacerme preguntas de cuestionario y a decirme que me llamaba luego, que tenía que consultar mi caso, y que me anotara en una larga lista de espera, y yo ahí sentada, clamando por ayuda desesperadamente. Si esta es la muestra de sensibilidad de un profesional experto en el área ante una persona en crisis, me dije, no me quiero imaginar qué queda para el resto de los mortales. Menos mal que no es un mal generalizado y aun quedan personas dispuestas a dar una mano.

A pesar de que los latinos somos considerados solidarios y simpáticos, nos quedamos allí, no hemos sido capaces de organizarnos como sociedad civil para ayudar sobre en estos asuntos sensibles para la población y prestar ayuda. Sin irnos muy lejos, a veces ni siquiera sabemos cómo se llama un vecino o tenemos a tres casas a una persona pasando por un conflicto en el que podríamos ayudar y no nos enteramos nunca. Nos interesa tan poco la vida del otro, a menos que sea para hacer comentarios ligeros o chismear, que se nos va la vida viéndonos el ombligo a la vez que nos quejamos de lo mal que está esta sociedad, a la que tan poco aportamos.

Un día a la vez

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Quien no me abandonó en este proceso fue mi terapeuta, quien me atendió en Caracas durante muchos años. Fueron muchas las palabras sabias que me dijo, una de ella hablaba de un concepto simple, aunque muchas veces oculto en la rapidez del día a día: vivir un día a la vez.

Refiriéndome la escena de la última película de Woody Allen, Match Point, en la que se nombra el azar como parte esencial de la vida del ser humano a propósito de la escena que muestra como la pelota de tenis pegaba en el borde de la malla y se suspendía justo antes de caer a algún lado de la cancha… Qué lado… No se sabe… Es cuestión de buena o mala fortuna para los jugadores.

Así como en la vida, en la película una escena similar cambia el destino del protagonista, lo que concluye que el azar lleva de la mano gran parte de nuestras circunstancias. Más allá de que eso de no tener control sobre lo que nos pase a mi en particular me pone un poco nerviosa, entendí que vivir un día a la vez tenía sentido, sobretodo para mi, que caigo en la tentación de llenar mi cabeza de decenas de pensamientos sobre el futuro de un bebé que apenas acaba de nacer. La responsabilidad de tener un bebé me abrumaba muchas veces, y aun más si pensaba en el futuro incierto de mi nueva vida, ¿sería una buena madre?. Vivir un día a la vez me ayudó a dar gracias todos los días por las bendiciones con las que contaba y volver a agradecer al anochecer por haber tenido la fortaleza de superar en paz un día más. Eso aun sigue siendo mi clave para superar los malos momentos.

Por qué a mi

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Aun me pregunto por qué tuve que padecer la depresión postparto. Las investigaciones hablan de un montón de razones, ajenas a mi (embarazos no planificados, mala situación económica, ningún apoyo familiar…), y los especialistas a los que acudí piensan que aunque los descensos hormonales afectan a todas las mujeres luego de tener un bebé, hay factores que hacen a unas mujeres más vulnerables que a otras. En mi caso pudo haber sido que luego de prepararme para parir me hacen cesárea casi un mes antes de lo previsto. Eso sucedió porque mi estado emocional durante esos días estaba alterado por la gravedad de la enfermedad de mi papá, a quien era urgente operarlo del corazón en un par de semanas. De hecho, esa fue la razón por la cual la presión arterial se alteró y lo que desencadenó una cesárea inmediata. Por otra parte, he leído que las cesáreas complicadas, como fue mi caso (ver categoría “estamos embarazados”), me dejó en una condición más vulnerable. La verdad pudo haber sido cualquier cosa lo que hoy me convierte en un número más de ese 10% de las mujeres que viven esta pesadilla.

Creo que uno siempre se hace muchas preguntas, incluso por momentos pienso qué hubiera pasado si me hubiera negado a tomar pastillas, ¿hubiera podido superarlo sola?, ¿éstaría aun amamantando a Santiago? Quién sabe. Como no hay caminos buenos ni malos, solo tomé el posible.

Bendiciones Salvavidas

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Otra de las palabras que incorporé a mi vocabulario fueron las bendiciones y las gracias.

La humildad, que aun aprendo en mi proceso de incorporación a la maternidad, me ayudó a agradecer por todo lo que tenía en ese momento cuando solo me enfocaba en mis carencias.

Y es que a veces andaba tan altiva, pensando que la vida me debía algo y molestándome cada vez que las cosas no salían como quería, que olvidaba dar gracias a ese Dios generoso que me había brindado tantas bendiciones:

Un esposo cariñoso, comprensivo que me acompañó con valentía por todo este difícil proceso, nunca faltó un abrazo.

Una familia concentrada en acompañarme sin juzgarme (mis tías fueron mis amigas). 

Mi hermano con sus palabras sabias. Mi cuñada me regaló sus experiencias.

Amigos que siempre estuvieron allí aun sin estar en Barquisimeto. No faltó una llamada diaria, no falto una palabra de consuelo: “Todo pasará”, era mi preferida, me tranquilizaba como un mantra (gracias Dorman). 

Quién más sino mi mamá podría enseñarme a ser mamá 

Un bebé sano y sanador

A todos los especialistas que visité, porque les tuve fe y ellos en mi mejoría. 

La fe recien descubierta, la humildad, la liberación de la SuperMamá, mis ganas de ser mamá…

La fe como certeza

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Creo que no rezaba con tanto fervor desde que estudiaba primaria en el colegio de monjas. Sentía un hueco en lo que pensaba era mi alma, y una inmensa necesidad de que se llenara con cualquier cosa espiritual, que sabía que alguna parte existía 

¿Qué es la fe?, me preguntaba a diario, y aun sin conocer la palabra pretendía que Dios me escuchara rápido. Recuerdo que mi terapeuta me respondió un mensaje de texto con este mensaje: “La fe es la certeza de obtendrás lo que pides” ¿Eso es posible?. Solo repetía “dónde estás ahora que te necesito, por qué no me escuchas” en los momentos de crisis cuando apenas podía hablar. Fue gracias a Esbel, amiga de la familia, consejera espiritual y cuya sola presencia emana una gran tranquilidad espiritual, que tuve ese reencuentro con mi lado espiritual que creía perdido. Supe que no estaba sola, que todo lo que me pasaba tendría un gran aprendizaje, porque “Dios solo nos manda las cargas que podemos soportar”.

Esbel me hizo compañía en muchos momentos de oscuridad, con ella aprendí a orar, a dar gracias, pedir a Dios con mis propias palabras, a leer la biblia para encontrar respuesta a mis múltiples preguntas, y sobretodo a concluir que Dios no está solo en una iglesia, ni siquiera en una religión, sino en algún rincón de nosotros mismos, “Él no se mueve…”, como me dijo una amiga, “…los que nos movemos somos nosotros”.

Recuerdo que en una petición desesperada por la salud de mi papá, durante los primeros días de nacido de Santiago, prometí que iba a buscar la forma de acercarme a lo espiritual que ya reconocía como algo inexistente en mi. Y resultó que mi papá sanó y que a través de mi depresión, yo también sanaría.