Archivo del Autor: Fabiola Aponte Silva/CofradíaMamá

Acerca de Fabiola Aponte Silva/CofradíaMamá

Comunicadora social graduada en la UCAB, ejerciendo actualmente en ámbitos inimaginados. Gerente, emprendedora, asesora comunicacional. En su "tercer turno” descubrió información fascinante: el día a día de sus dos hijos, objeto principal de su investigación periodística y de su master en inteligencia emocional y creativa. Comenzó a escribir sus crónicas en https://cofradiamama.wordpress.com/. Twitter @cofradiamama

Migrar en cámara lenta

Estándar
Migrar en cámara lenta

Migrar en cámara lenta: este el post que nunca quise escribir.

Recuerdo hace más de 3 años cuando sentada en la barra de mi cocina junto con mi esposo y una copa de vino le decía que sentía que había ido de Venezuela sin haberlo hecho.

El país donde vivía ya era ajeno, no lo reconocía, no era el mismo de mi infancia, de mis fotos, de mis recuerdos. Esa emoción se instaló como una herida a la que no quería mirar para no ver que lejos de curarse, iba creciendo.

Espacios en blanco

Recién, mi hermano y toda la familia habían partido a Colombia, días antes habíamos despedido a grandes amigos, y así en cada adiós, cada vez más frecuentes, cuestionaba nuestra decisión de quedarnos. Y ahí en la misma barra, el mismo llanto, la misma tristeza una y otra vez.

Ya en los dibujos de mis hijos desaparecían sus compañeros de juegos, sus primos, sus amigos, Diego, Valentina, Fabio, cada uno rehaciendo vidas en otras latitudes desaparecieron de su cotidianidad.

No pude escribir sobre estos espacios en blanco en su momento, como hoy me cuesta recordarlo.

Fue una migración en cámara lenta. La mental y la física.  Con cada despedida de iba un pedacito de identidad.

 

Un país, un espejismo

Nunca quise irme, hasta que vivir en un espejismo fue evidente y el instinto de protección familiar presionó la toma de decisiones.

La migración lleva a romper lazos que sabía que iba a tardar mucho en volver a reponer: el día a día con mi mamá, Coro, mi casa, carrera profesional, tradición, fotos, papelitos con historias… Se trataba de salvar el día a día, sobrevivir sin mayores pretensiones.

Una migración en cámara lenta. Un duelo silencioso y oculto en la normalidad. Dicen que es el duelo más grande. No lo sé. Hasta ahora la nombro y la escribo, entonces apenas existe.

Mientras tanto aquí estamos, reconstruyendo identidades, aún en cámara lenta.

Anuncios

Hijos en redes

Estándar
Hijos en redes

Hace unos días me reuní con una gran amiga de la infancia. Vivir en la misma ciudad no garantiza que nos veamos, de hecho pocas veces lo hacemos. Con el WhatsApp pareciera que cumplimos con la cuota de cariño de estar en contacto. A nuestro grupo de amigas del colegio apenas si podemos etiquetarlas en una foto de esos recuerdos con los que Facebook nos sacude la memoria. A sus hijos, solo en fotos.

Nuestro último encuentro, dejó un reguero de recuerdos y reflexiones ¿Cuantas de las promesas que se hicieron entre las mejores amigas de la infancia se han cumplido?: Hermanas de sangre, amigas para siempre o espero que nuestros hijos puedan jugar juntos algún día… La adultez o el descuido barre con muchas de ellas. Agendas repletas o nuevas fronteras. Metamorfosis.

Ahora las redes sociales son el boleto único para ver crecer a esos niños que nunca llegaron a juntarse con los nuestros. Tenemos hijos de nuestras hermanas del alma regados por el mundo. Y entre likes y comentarios ingenuamente nos preguntamos con entusiasmo infantil, ¡¿cuándo nos vemos?! ¡Qué más da! ¡A veces con solo decirlo se siente cierta magia de eso que añoramos!

Tratemos de pensar que se puede, como cuando fuimos cómplices de nuestros juramentos de niñez. Como cuando nunca nos imaginamos que tocaba comenzar de nuevo en otro lugar del mundo, con la casa de muñecas ya amoblada y con las piezas completas.

Esa noche nuestros hijos jugaron juntos. Había cierta esperanza en nuestra sonrisa, hasta ternura. Por esta vez pudimos sortear esa mala racha de los desencuentros. Por un instante se activó el deseo de las hermanas del alma. Con o sin redes.

El guion de la mamá venezolana

Estándar

IMG-20130414-WA0010

Todas las madres tienen su propio guion, de él se valen cada vez que sus hijos les preguntan sobre lo que los rodea, desconocen, les sorprende, les da curiosidad o les preocupa. Recientemente se celebró el Día de las Madres en Venezuela, país con retos económicos, sociales y políticos que ni el mejor vidente hubiera podido predecir 20 años antes. Las preguntas de mis hijos cambiaron desde hace algunos años, se hicieron complejas y hasta desalmadas, quisiera que se tratara de los cuestionamientos propios de su desarrollo, pero no; las preguntas vienen salpicadas de realidad y hasta de desesperanza: por qué se nos va la luz todos los días, por qué no hay agua, por qué no conseguimos el cereal que me gusta y la más reciente, ¿por qué nos quitaron las clases los viernes, justo cuando tenía mi práctica de básquet? Son pocos los ciudadanos que desconocen estas respuestas, la explicación está allí por más absurda que nos parezca, ahora ¿qué tanto decimos y qué ocultamos a nuestros hijos?

Recientemente planteaba esta disyuntiva a un amigo, él confesaba orgulloso que sus hijos ni siquiera sabían quién es el Presidente de la República; él y su esposa se habían encargado de evitar el tema político en la casa. Pensaba en mi propia dinámica a modo reflexivo, y si era posible que eso pasara en un hogar con dos periodistas sumergidos en las redes sociales para profundizar todo lo posible sobre lo que pasa en el país y buscar explicación lógica a la gestión del gobierno y sus consecuencias. ¿Será que teníamos el guion equivocado? ¿Acaso se trata de replicar la versión de La Vida es bella latinoamericana?

Evitarles la ansiedad que genera un entorno inestable es una tentación cotidiana, incluso en muchos casos una necesidad y hasta una obligación. Ahora, ¿se trata de ocultarlo todo? Pensé en mi propia infancia, y cómo mis padres solían discutir sobre “asuntos secretos” a puerta cerrada. Sin saber aún de qué se trataban, hoy agradezco que no nos hayan expuesto innecesariamente a temas difíciles de digerir por un niño; esos temas siempre estarán y debemos afinar el criterio para saber cuáles son y pasarles llave. Lo que sí recuerdo es que en mi casa se hablaba de política, nos explicaban por qué no nos podían comprar todo lo que pedíamos, crecí escuchando palabras como inflación, crisis y corrupción. Gracias a mis padres sabemos que crecimos en un país con dificultades, y que organizarse y votar era un deber y un derecho ciudadano. Poco se hablaba en el colegio del tema, no se promovía el diálogo y la discusión sobre política o economía que han sido noticia en este país por tantos años, ¿el perfil del ciudadano sería distinto hoy? Quién sabe.

Mi guion, afortunadamente, no es único ni incuestionable. Se trata de responder lo que mis hijos me preguntan con verdades sencillas, píldoras fáciles de digerir y que al mismo tiempo los motive a pensar, cuestionar y a llegar a sus propias conclusiones. Nunca es temprano para formar ciudadanos. Quiero que sepan por qué ya no podemos comprar todo lo que acostumbrábamos y que participen de una forma activa en la gestión de la economía familiar del momento. Quiero que entiendan que la luz se va, no solo porque un fenómeno natural hace que ya no llueva lo suficiente como para llenar una represa, sino porque los que gestionan esa área, no fueron previsivos ni tomaron las medidas para evitar el racionamiento. Qué mejor forma de hablar de valores como responsabilidad, ética, solidaridad y democracia que explicándolos con lo que vivimos hoy. Y por supuesto que rescatamos a Benigni siempre que se pueda, y compramos una ración de maíz de cotufas, nos reunimos a ver una película en casa y terminamos el día hablando del sonido emocionante del sable de luz de la última película de La Guerra de las Galaxias, o de cómo finalmente Arlo en el Gran Dinosaurio, puso su huella en la piedra luego de lograr su hazaña. Y con eso también les enseño que, a pesar de todas las dificultades, esto también pasará.

Nana de mi vida

Estándar

image

Marbella tejía constantes historias de la infancia y la adolescencia de mi papá y sus hermanos. Llegó tan chiquitica a casa de mis abuelos que aún estaba en la barriga de su mamá. Se quedó con la misión de acompañar a los 5 hermanos en su crecimiento y darle una mano a mi abuela con los guisos y los quereres.

Mi papá le tenía miedo a la oscuridad y Marbella le prestaba un pedacito de su cama para calmar sus angustias. Así lo hizo por años. Incluso, lo descubrí un par de veces contándole mis historias y las de mi hermano, con la misma complicidad infantil de cuando pedía cobijo, buscando en su sabiduría orientación y calma.

En cada diciembre, nacimiento, bautizo y graduación, estaba Marbella, armando el rompecabezas familiar con anécdotas puras, con la rigurosidad de una memoria intacta y con la pasión de una nana enamorada de la familia elegida. Marbella, la nana eterna, quiso continuar su saga acunando historias renovadas, la de mis hijos, los de mi hermano, de mis primos y vecinos. Así siguió consintiendo barrigas, preparando atoles y contando historias, las de otros que ya eran suyas

Las nanas completan nuestras vidas. Marbella lo hizo hasta que la muerte le borró para siempre esa memoria de la que nos aferrábanos y descansó rodeada de todos esos hijos que no tuvo, pero que encontró en el camino para armar leyendas, recetas, sonrisas y familia, esa que hoy debe replicar los relatos que ella escudriñó en el tiempo para darle eternidad a su alma de cuentacuentos.

Emociones y pataletas, juego de niños

Estándar
Emociones y pataletas, juego de niños

image

Salir a comprar zapatos con la abuela parecía un plan divertido para el fin de semana.

Para Daniela fue una oportunidad para retar la paciencia y la tolerancia. Probarse muchos zapatos y no decidir por ninguno fue el juego en esta ocasión: me molestan, me quedan grandes, los quiero de otro color, me gustaría brillantes… Yo respiraba profundo, mientras mi mamá repetía: a ustedes les elegía los zapatos, se los ponían y ya. Con una sonrisa nerviosa le explicaba que eso sería lo más fácil Pero que no quería obligarla sino dejarla elegir. Ya en una oportunidad le había comprado unas sandalias que un día simplemente no quiso usar más porque le molestaban.  Tentada a usar la técnica autoritaria, agotada por la conciliación, se me fue el tiempo filosofando entre la practicidad de la crianza tradicional y la conciliatoria, y horas después me vi en mi casa agotada y sin zapatos para Daniela.

 

Emociones y pataletas: ¿quién gana?

 

No hay soluciones perfectas. Tampoco madres, ni abuelas, ni niños. Todos hacemos lo mejor que podemos.  Si bien la conciliación es importante en la crianza respetuosa orientar las emociones de los niños y aterrizarlas a la realidad,  lo es aún más. En oportunidades ni nosotros sabemos lo que queremos, lo que nos pasa, o la emoción que nos embarga, lo mismo pasa con los niños. Nada personal. Nada en contra de mamá o abuela.

Quizá los zapatos perfectos aparecen otro día, cuando definamos límites antes de salir de casa, cuando acordemos que hay un tiempo para decidir, y que si ella no puede hacerlo, entonces alguien más tendrá que hacerlo por ella. Lo cierto es que la lógica de una compra rápida de unos zapatos para niña, se convirtió en un carrusel de emociones, de mi mamá pensando que me dejaba dominar por una niña de 5, de mi cuestionamiento interno (¿hasta dónde debo dejarla decidir o hacerlo por ella cuando veo que no puede tomar una decisión?) y de Daniela, que al final solo pedía comerse el helado que le habíamos prometido.

Una vida… Una agenda.

Estándar

image

La gran máxima de una gran amiga, alta ejecutiva y mamá de dos, es que debe haber una agenda única. Trabajo, familia y vida personal se debe retratar en un solo espacio. Tiene sentido, nuestras múltiples facetas dependen de un reloj y para que se salven deben tener un espacio sagrado. En el mismo calendario donde pautamos reuniones, deben estar los actos escolares y el cine con la pareja. Pues desde hoy escribir, tiene un lugar en mi día. Defender el espacio para hacer lo que nos gusta es el mejor homenaje que podemos hacernos, es nuestro espacio privado, de disfrute, de encuentro, de placer.

Un gran amigo terapeuta me decía que la única manera de ser un buen padre, es invertir en ser una gran persona, y eso pasa por dedicarnos el tiempo necesario, o mejor, el disponible, para dibujar la rutina diaria, con un color propio, no el de los hijos, no el del trabajo ni de la pareja, uno que escojamos y defendamos todos los días.
.

Mamá Aeropuerto

Estándar

image

Mientras espero en un aeropuerto, luego de casi tres días sin ver a mis hijos, recuerdo una frase que una gran amiga destacó en una conferencia de trabajo, “las mujeres exitosas solo lo logran con una gran red de apoyo”. Rossi, una gran profesional, gerente de una transnacional, madre y esposa, siempre muy sabia en sus apreciaciones, toca un aspecto que puede pasar desapercibido y que al mismo tiempo se convierte en una clave de supervivencia para la mamá moderna. Abuelas, tías, madrinas, amigas, guarderías o cualquier otra modalidad de aliado comprometido, permite que un día como hoy, casi a la medianoche, esté esperando un avión pensando que mis hijos se durmieron esperando mi llegada.

Miro a mi alrededor, y entre la multitud propia de un aeropuerto aletean sentimientos y pensamiento encontrados de tantas mujeres con la mirada perdida entre responsabilidades múltiples y una agenda única. Un ejemplo de ellas es mi amiga Ana, emigrante dedicada a sus dos hijos hasta que el permiso postnatal se acaba, entonces comienza el dilema entre un trabajo muy exigente y poco tiempo para los hijos. No se siente muy original cuando piensa que necesita el ingreso para optar a una mejor vivienda y que al mismo tiempo quiere más espacio en su agenda para atender a la familia. Ana no tiene cerca a los suyos, sin embargo un day care hace parte del trabajo.

Así como la religión, este culto no es asunto de un solo Dios, se manifiesta en distintas formas, todas válidas siempre que sea con el consentimiento de quienes la viven. Cada quien hace que su familia baile al ritmo que defina papá y mamá, que normalmente está motivado por el amor y las ganas de que todo salga bien. En mi caso, mi esposo, sin tapujos, arrea a sus hijos con la mística de un padre moderno y amoroso. Mi mamá, quien quizá se imaginaba a sí misma sentada en una hamaca viendo las hojas de los árboles caer, tiene una agenda apretada entre tantos nietos que llevar, traer, vestir y “malcriar”. Hace 9 meses luego de debatir con mis roles de profesional, madre y esposa, acepté iniciar un reto laboral que prometía rescatar mi carrera profesional a un costo: con horario estricto y reventando agendas tradicionales. Ahora, entre reuniones, agendas y aeropuertos de vez en cuando me da tiempo de pensar y escribir, sorteando entre las culpas y la modernidad, gana la realidad. Esa que rompe la fotografía de portada de la mamá perfecta para matizarla en un equipo multidisciplinario de apoyo, madre substituta que viene a salvar la patria en la dura faena de la mujer moderna, esa de los mil sombreros entre los que cuenta el de ejecutiva, esposa e hija, y que cuando lleva su favorito, el de mamá, sabe que es el que le ha cambiado la vida”.