La emoción y los zapatos.

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Salir a comprar zapatos con la abuela parecía un plan divertido para el fin de semana.

Para Daniela fue una oportunidad para retar la paciencia y la tolerancia. Probarse muchos zapatos y no decidir por ninguno fue el juego en esta ocasión: me molestan, me quedan grandes, los quiero de otro color, me gustaría brillantes… Yo respiraba profundo, mientras mi mamá repetía: a ustedes les elegía los zapatos, se los ponían y ya. Con una sonrisa nerviosa le explicaba que eso sería lo más fácil Pero que no quería obligarla sino dejarla elegir. Ya en una oportunidad le había comprado unas sandalias que un día simplemente no quiso usar más porque le molestaban.  Tentada a usar la técnica autoritaria, agotada por la conciliación, se me fue el tiempo filosofando entre la practicidad de la crianza tradicional y la conciliatoria, y horas después me vi en mi casa agotada y sin zapatos para Daniela.

No hay soluciones perfectas. Tampoco madres, ni abuelas, ni niños. Todos hacemos lo mejor que podemos.  Si bien la conciliación es importante en la crianza respetuosa orientar las emociones de los niños y aterrizarlas a la realidad,  lo es aún más. En oportunidades ni nosotros sabemos lo que queremos, lo que nos pasa, o la emoción que nos embarga, lo mismo pasa con los niños. Nada personal. Nada en contra de mamá o abuela. 

Quizá los zapatos perfectos aparecen otro día, cuando definamos límites antes de salir de casa, cuando acordemos que hay un tiempo para decidir, y que si ella no puede hacerlo, entonces alguien más tendrá que hacerlo por ella. Lo cierto es que la lógica de una compra rápida de unos zapatos para niña, se convirtió en un carrusel de emociones, de mi mamá pensando que me dejaba dominar por una niña de 5, de mi cuestionamiento interno (¿hasta dónde debo dejarla decidir o hacerlo por ella cuando veo que no puede tomar una decisión?) y de Daniela, que al final solo pedía comerse el helado que le habíamos prometido.

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