Educar desde el ombligo

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La paternidad se convierte en una carrera por encontrar ese trofeo catalogado “el mejor”. Queremos el mejor colegio, la mejor nana, la mejor rutina deportiva, la mejor alimentación. Es esta carrera de competitividad y angustias, en principio ese “mejor” se nos va de las manos para quedarse en los libros de ficción, y al final, lo fundamental termina estando cerquita. Está en tu ombligo, en el de tu pareja, y en una cadena de ombligos de sangre y de elección. Está en ese saludo que das o que te guardas, en ir a visitar a un amigo con las manos llenas o vacías, en guardarte una crítica si ves que no aporta mucho a la persona que te escucha. Nada más y nada menos que el ejemplo.

Aunque el entorno sí contribuye a la formación de nuestros hijos, en quien más debemos invertir es en nosotros mismos, quienes llevamos a cuestas esa inmensa responsabilidad de guiar a otros por un buen camino. Y 8 horas no son suficientes, ser padres lleva 24. Los hijos se convierten en detectives de cada uno de nuestros movimientos, y van incorporando en su disco duro la manera como nos ven relacionándonos con los otros y así lo repiten.

Lo dice con sentido común Jorge Bucay en el editorial de la revista Mente Sana Nº 70: “Tratamos a los otros con el mismo rencor o con la misma indiferencia con la que nos han tratado… También somos capaces de comprender y tratar a otros -para bien y para mal- de la misma manera en que hemos visto a nuestros padres, maestros y hermanos tratar y comprender la situación de los demás”.

¿Es de ponerse a llorar si nuestros ancestros no se llevaban la medalla de buena conducta? Para nada. A cierta edad ya no estamos en posición de culpar a otros por nuestras miserias, y si bien no podemos modificar nuestro histórico, sí podemos retocarnos a nosotros mismos. Vamos a aprender con la misma ilusión con la que entramos a la universidad. Nos toca estudiar, comprender y aplicar estando conscientes de lo mucho que podemos errar y también de la oportunidad que tendremos de enmendar y acertar. Podemos nutrirnos,  tanto escuchando a los maestros de nuestros hijos como una conversación de padres, en nuestras sesiones de terapia personal o viendo una buena película. Como buenos estudiantes, debemos estar atentos a cada mensaje cotidiano, con humildad, y también con mucha pasión.

Leyendo la descripción de Bucay sobre el camino de la paternidad, es fácil emocionarse y al mismo tiempo sentirse seriamente comprometido: “Criar y educar a un hijo o una hija es ponerse en función de ellos, tanto para satisfacer un deseo posible como para frustrar una pretensión inconveniente o peligrosa, tanto para acompañar como para dejarlos avanzar solos en su beneficio, tratando de hacerlos sentirse amados, valiosos, capaces, únicos y maravillosos. Formarlo implica, pues, especial pero no únicamente, ayudarlo a que incorpore una escala de valores que le permita ser una persona íntegra más que un vecino exitoso, alguien capaz de sembrar y cosechar amor de los demás, un ser que sea capaz de compartir lo que tiene sin dudarlo y de recibir lo que los otros le dan sin culpa”.

En un ombligo, la vida…

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