La mamá posible

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La prueba más dura fue, después de dos meses de insomnio y crisis de ansiedad, la sentencia de una tercera terapeuta a la que asistí (porque la primera me había mandado de inmediato a tomar antidepresivos y por ende, a dejar de amamantar, y el segundo tenía una lista de espera tan larga como mi angustia), era clara: “tienes más de dos meses sin dormir, estás agotada y esto se va a ir incrementando, así que o tomas medicamentos o vas a colapsar en cualquier momento”. Sabía que detrás de esa solución había una renuncia inmensa: dejar de amamantar. Me preguntaba por qué a mi, por qué entre tantas madres con los mismos descensos de progesterona (responsable de estas depresiones) y aumentos de la prolactina (hormona que se segrega cuando se está amamantando y produce el índice de estrés necesario para mantener a la mujer alerta ante el llanto del bebé en la madrugada), yo tenía que necesitar antipresivos y dejar de darle a mi bebé leche materna, para lo cual me había preparado aun estando embarazada y que consideraba como alimento exclusivo para los primeros 6 meses. Pero ahí estaba una prueba de vida, tenía que elegir entre ser esa “mamá ideal”, que tenía en mi cabeza (y en los libros, en la televisión, en el discurso médico) o ser la “mamá posible”, la de los grises, la de carne y hueso, la que no se quería enfermar pero sucedió, la que solo hace lo mejor que puede…

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