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La sensación de no tener ni un mínimo de energías con la responsabilidad de cuidar a un bebé recién nacido, atormentaba mi cabeza noche y día. Las pocas energías que me quedaban las dejaba amamantando a mi bebé, tarea que me había propuesto meta principal, al final de cuenta amamantar es mandatorio por ser “lo mejor para el bebé”. Sin embargo ya casi no me podía sostener en pie, amamantaba, no tenía apetito y no dormía, fue entonces cuando comencé a contarle a mi esposo lo que sentía. Su apoyo fue primordial, sin embargo era frustrante para él no poder hacer nada para ayudarme, más allá de acompañarme en las noche en vela y abrazarme fuerte.

Poco a poco los síntomas se desbordaban, cuando tenía las crisis, no podía cargar al bebé, solo lo alimentaba mientras lloraba con una inmensa impotencia de no poder controlar lo que sentía. Me sentía profundamente sola y trataba de llenar ese hueco llamando a las personas más cercanas mientras sollozaba y contaba todo lo que sentía, en esos momentos me sentía más acompañada. Entonces comencé a leer sobre el tema, y todos mis síntomas coincidían con la llamada “depresión postparto”, y comencé a buscar ayuda. Primero fuí al obstetra, luego a una siquiatra, a una reflexóloga, a una acupunturista, a una consejera espiritual, a otra siquiatrá, al pediatra de mi bebé, y con todos lloraba y contaba mis penas con la ilusión de que con las palabras se diluyera todo lo que sentía para poder retomar la maternidad con la tranquilidad que necesitaba, pero eso no ocurría.

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