La gripe hizo que Santiago abandonara el hábito de dormir toda la noche, la fiebre y el malestar lo despertaban por lo menos una vez en la madrugada. Recordé entonces lo que todo el mundo dice: “nada peor que cuando se te enferma un hijo”. No es exageración, no saber por qué llora, qué siente, qué tan grave es, angustia bastante. Cuando mejoró, esos despertares nocturnos, siguieron, yo no sabía que le pasaba, pensaba que aun se sentía mal, pero no había síntomas de enfermedad. Consulté con varias mamás, y todas me dijeron que esa conducta es secuela de cualquier enfermedad que los afecte. Como cuando están malitos uno los carga, los apurruña, los besa y atiende más de lo normal, pues ellos se acostumbran y quieren más, por lo que siguen despertando de madrugada. Duró como 5 días más así, y en la penumbra lo cargaba, lo arullaba, lo abrazaba, mientras él balcuceaba cantos y sollozos. A uno se le olvida sueño y cansancio, y más allá de la angustia de no saber qué siente, esos momentos son tan íntimos, que llegan a ser conmovedores. La conexión es mágica. El bebé llora como único medio de comunicación, quiere el contacto con mamá y papá, quiere que lo abracen, no quiere sentirse solo, y cuando uno finalmente lo carga, y él aun con los ojos cerrados se va calmando hasta dormirse nuevamente, uno se siente tan cerca de él, tan comprometido a cuidarlo, tan irremediablemente destinado a quererlo, que ya no asusta como antes, ahora es una necesidad de quererlo que crece como el enamoramiento…