Archivos de la categoría ‘¡Estamos embarazados!’

Música para bebés y mamás

Febrero 27, 2007

La música es una buena compañía para el bebé desde que está empotrado en la barriga. El tipo de música depende de cada mamá, Mozart es la preferida de los que recomiendan la música para la gestación, pero todo depende; en mi caso, me estresaba un poco, y como la rutina musical la dejaba para la noche, preferí buscar otras opciones, como Debussy, por ejemplo. Colocaba la musiquita y comenzaba a hablar al bebé, aunque su papá le hablaba más que yo que soy de pocas palabras. Luego venía la sesión de “luuuuz”, en el que le colocábamos una linterna a la barriga mientras le explicábamos que ese resplandor era “luuz” (cuando nació y Gerardo le decía “luuzzz” reconocía de inmediato la voz y la buscaba). Se movía bastante con este trajín. De hecho ese disco, el que le poníamos todas las noches, lo llevamos al quirófano, para que lo escuchara apenas naciera y así se sintiera en un ambiente conocido, o por lo menos incómodo con todo el cambio que implica salir de la barriga, de hecho es la cortina musical que se escuchar en toda la cesárea. Aun ahora le colocamos música y se tranquiliza o se activa, dependiendo de la selección. Santiago ha escuchado de todo un poco, recuerdo que en la barriga bailó tambores y pasó debajo del palo en una fiesta familiar, luego, con menos de tres meses fue invitado de honor del cumpleaños de mi hermano cuyo enfoque musical fue nada más y nada menos que heavy metal, y con todo y eso, fue una de las primeras veces que durmió toda la noche.

Cuando lo natural es excéntrico

Febrero 2, 2007

Nunca olvidaré la cara de mi obstetra cuando le dije que quería tener un parto normal. Él quizo disimular mientras decía “si quieres parir, así será”. Sin embargo en el transcurso de las citas me sentía algo excéntrica cada vez que tocábamos el tema. Además de llamarme “primigesta añosa” (ya conté esa historia en un post), él salía de viaje justo en la semana en la que podía parir y bueno, era un ser extraño pues, casi que pidiendo un disc jockey en vez de un Dj. Al final, a mis 36 semanas, estaba en su consultorio, y mientras tomaba mi presión arterial varias veces (estaba alta) y revisaba muy serio el ecosonograma (la placenta estaba envejeciendo), me miró y me dijo: “¿Qué te parece si te hacemos cesárea este viernes? Yo quedé en estado de shock, y solo atiné a decirle: “supongo que si me lo recomiendas, es porque debe ser así”, él asintió. Tenía razón, estaba muy alterada porque mi papá estaba enfermo y no era conveniente seguir sometiendo a ese estrés al bebé. De cualquier forma, era obvio que no podía poner resistencia a una recomendación de mi médico obstetra, eso nunca pasó por mi cabeza, haría lo que él me dijera que era conveniente. Y bueno, allí estaba una más de las tantas que se hacían cesáreas.

Al final, en casos como el mío, donde la placenta se pegó al útero y tuvieron que “raspar” este último hasta no dejar ni rastro de la placenta, un parto natural hubiera sido complicado, ya que de cualquier forma, hubieran tenido que operar. Pero, esto no se sabe por los ecos, solo en el momento en el que ocurre el nacimiento del bebé. Así que no hubo dudas, lo mejor es lo que pasa…

Ahora no cuestiono ninguna de estas decisiones, creo que cada opción tiene sus pros y sus contras, pero no deja de impresionarme la inmensa cantidad de cesáreas que existen hoy en día, la mayoría por una cuestión de practicidad tanto para el médico como para la paciente. Así como otros casos extremos, sobretodo en Estados Unidos, donde el Estado para ahorrarse los altos costos de cesáreas que deben costear, “obligan” a la mujer a parir hasta el final, muchas veces a costa de su propia vida o la de su bebé.

Pero, también resulta increíble que lo natural, o sea parir, sea casi una excentricidad. Diría mi abuela si viviera: ¡Fin de mundo!

Del segundo al tercer mes

Enero 25, 2007

img_2042.JPGUn bebé cambia todos los días, pero el mayor cambio ocurre entre el segundo y el tercer mes. Lo mejor es cuando sonríe, no hay momento como ese. Otra sorpresa es cuando balbucea mientras trata de descubrir de dónde provienen esos sonidos. Luego comienza a descubrir sus manos y tardas horas observándolas, luego vienen los pies. Poco a poco empieza a descubrirse.

Cuidados mientras crece la panza

Enero 25, 2007

Dejando atrás las náuseas y melancolías de los primeros meses, las semanas posteriores fueron felices y repletas de planes. “Aprovechen de hacer todo lo quieran durante el embarazo, porque tienen el muchachito adentro y lo pueden llevar a todas partes”, no recomendaban en el curso prenatal. Claro, eso no se sabe hasta que uno lo tiene, pero bueno, yo sí disfruté mi barriga y no dejé de hacer muchas cosas, excepto en los últimas semanas cuando uno de bromita puede caminar por el peso, yo aumenté 14 kilos. Comía bastante, he de confesar, y bueno, todo se iba a la barriga, menos mal que no agarró otro rumbo. Iba a mis consultas mensuales religiosamente, me tomaba mis vitaminas (menos el hierro porque lo aborrecía, menos mal que la hemoglobina la tenía alta), leía mucho sobre el tema y veía Discovery Health, esto último no sé qué tan bueno sería, porque la mayoría de los casos que reseñaban eran complicaciones médicas. De resto, comía balanceado (confieso que lo único que no dejé de hacer fue tomar Coca Cola Light), me bañaba en aceite de almendras para prevenir las estrías (que aparecieron luego de la cesárea) y caminaba de vez en cuando.

Los tres primeros meses son los peores…

Enero 25, 2007

Esa fue la sentencia de la mayoría de las madres que consultaba. Aguanté entonces con dignidad de 3 largos meses en los que las náuseas era mi condición normal y los vómitos un hábito repetitivo. Mientras asimilaba los cambios que ya mi cuerpo comenzaba a evidenciar, mi organismo rechaza ese pequeñito que apenas comenzaba a desarrollarse, hasta que al final cae rendido y acepta que durante más de 30 semanas tendrá que darle cabida a la vida. El malestar no me dejaba disfrutar de mi nuevo estado, sin contar con el hierro que tuve que empezar a tomar, que sabía a tierra podrida y, por supuestos, maximizaba las náuseas a su punto extremo. Sin contar los perfumes, la parchita, el pescado o cualquier intento de olor que se atravezara en mi nariz. Menos mal pasó, y fue solo entonces cuando tuve ánimos de empezar los preparativos para la llegada del bebé.

¿Primigesta añosa?

Enero 25, 2007

“Primigesta añosa me dijiste y primigesta añosa me quedé”, pensaba mientras mi ginecólogo me inmortalizada con esa calificación. Así salí un día de mi consulta rutinaria ginecológica, con el sello en la frente de “primigesta añosa”, ahora era un número de las estadísticas de mujeres atrapada por la maternidad después de los 30. Al final era el precio que tenía que pagar por haber tenido bastante tiempo para la rumba universitaria extendida unos años extras, entre compañías y soledades, manías de solitarios acumuladas con los años, un apartamento de soltera sede segura de las fiestas del grupo, valiosos momentos de ocio y actividades que solo un alma libre podría darse el lujo de tener: hacer un paréntesis para viajar, estudiar inglés, hacer un postgrado o simplemente vagar sin rumbo. Así llegué a los 34 con un código de barras que me hacía merecedora de una amniocentesis (aun cuando se recomienda hacer luego de los 35, mi condición de primigesta añosa casi lo obligaba) y un destino casi seguro: una cesárea, el parto normal se calificaba casi como una locura o excentricidad. Una primigesta añosa no podía darse más lujos de los que ya se había dado. Ese fue el precio que tuve que pagar por esperar…

¿Dónde estás que no te veo..?

Enero 24, 2007

Al otro día de saber la noticia estábamos en primera fila en la consulta ginecológica. Tenía que empezar por adaptarme a la ciudad que me vio nacer pero no crecer durante 16 años, por lo que me tocaba empezar a conocer y a probar desde médicos hasta tiendas. Entonces fui al médico que atendió a mi cuñada un par de años antes cuando tuvo a mi sobrina. Pues ahí estaba. En la escena que solo había visto en películas: el médico curioso por develar la figura de en mi interior, el papá ávido por verla y la mamá que aun estaba en estado de shock. Y luego de mucho buscar, ahí estaba el futuro bebé, en una esquina de mi útero, apenas visible. Entonces la emoción no cabía en ese consultorio tan pequeño y por primera vez surgió el hueco en el estómago que aun me acompaña.

La noticia

Enero 24, 2007

Había dejado de tomar la píldora anticonceptiva en el mes de noviembre fecha en la que fuí a Caracas a chequearme con la ginecóloga a quien le pareció un poco extraño en el eco “…está inflamado y eso significa que estás ovulando… O estás embarazada”. La verdad es que me ambas nos quedamos con la noticia de la ovulación, y entre risas me dijo: “Qué haces aquí, vete para Barquisimeto que estás en la época más fértil”. Pero ese fin de semana fue memorable: fiestas entre amigos, subida al ávila, comer fondue y tomar vino, finalizando con una visita familiar a la “paradura del niño” (tradición merideña). Un fin de semana integral pues, que luego se convertiría en mi despedida de mujer casada sin hijos. Luego de 4 días de retraso me hice el examen de sangre días después de mi cumpleaños, recuerdo que mi esposo me decía: “no vale, espera por lo menos una semana”; no aguanté… Pues mientras abríamos el sobre con los resultados en plena hora pico, atrapados en una cola entre Barquisimeto y Cabudare, una letra chiquitica gritaba POSITIVO… Yo lloraba, mi esposo (menos mal) no reaccionaba, no queríamos causar ningún accidente, siempre pensé que hubiera sido mejor abrir el sobre al llegar a casa… De cualquier forma hubo muchos abrazos y llamadas telefónicas: No había duda

!Estábamos embarazados!