Al tener un bebé cualquier ayuda que nos puedan brindar es una bendición. No es un asunto de reto, como yo me lo planteaba, de que no quería molestar a nadie y que podía manejar sola la situación. Aunque sabía que el bebé pediría comida máximo cada tres horas, no contaba con que mientras comía y botaba los gases ya faltaba una hora y media para empezar de nuevo. En todo ese tiempo uno no se puede mover, por lo que es esencial una mano que te pase agua (amamantar provoca muchísima sed), un pañito, un pañal, que te rasque la oreja o cualquier cosa que requiera de tus dos manos que van a estar ocupadas por mucho rato. En eso se me iba el día, además de bañarlo, calmarle el llanto, dormirlo, cambiarlo a cada ratico, pues hacen pupú cada vez que comen. Y como uno también necesita comer, bañarse, cambiarse… Dos manos más se hacen indispensables.
Yo tuve muchas bendiciones, mi esposo en primer lugar (él se encargaba de la alimentación del bebé en la madrugada), mi mamá (cuando regresó de la operación de mi papá), Coromoto (que no necesita ser familia de sangre para ser incondicional), mi tía Nena (otra mamá y abuela para Santiago).
Busquen y agradezcan la ayuda que puedan brindarles, que la van a necesitar.