Los primeros días eran la novedad, días después la responsabilidad.
La mujer que había salido días antes de la casa, barrigona y con maleta, llega a casa con un bebé sano, de 3 kilos 300 gramos y dormido plácidamente.
Ahora nos tocaba a nosotros solos. Sí, solos, porque por más que mi mamá insistió que nos mudáramos a su casa, pensamos que era mejor llegar a casa, instalarnos y acostumbrarnos de una vez a la nueva vida. Hasta allí, todo parecía maravillosamente planificado y en nuestro pleno control; luego descubriríamos que es escaso lo que se puede controlar con un bebé. No había manual, consejo, experiencia de otro que se le igualara. Nos quedaba improvisar aparentando cierta seguridad para no poner nerviosos a los familiares y observar al bebé hasta llegar a conocerlo.
Empezábamos de cero…